There are very few fences that can stop a determined person (or dog, for that matter).

Most of the time, the fence is merely a visual reminder that we’re rewarded for complying.

If you care enough, ignore the fence. It’s mostly in your head.

Seth Godin

Hace unos días, Seth Godin publicaba en su blog estas palabras. Las vallas de las que habla son nuestras creencias limitadoras.

Me acordé de un ejercicio muy parecido al reto de 21 días sin quejarse que propone Will Bowen al que jugué para tomar conciencia de mis creencias limitadoras. Consistía en marcar en un papel cada vez que surgía un pensamiento del estilo “no hay nada que hacer”, ” es imposible”, “los demás podrán, pero mi situación es distinta”, “ya lo he intentado todo”…

Seth Godin dice en el texto de más arriba que las vallas que nos solemos encontrar suelen estar en nuestra mente, es decir, no son reales. Son impedimentos que nosotros mismos nos ponemos. El ejercicio que hacía yo no tiene mayor complicación. Lo que busca es que uno ponga por escrito todas aquellas cosas que uno considera que no puede hacer. Un siguiente paso consiste en realizarse una serie de preguntas para poner a prueba ese pensamiento y ver qué de objetivamente cierto tiene. Pero en principio, eso es todo. Sin embargo, en el mismo momento en el que uno lo realiza ya ocurren cosas interesantes. Uno se da cuenta de que:

  • Las creencias son invisibles. Parece una obviedad, pero es una obviedad obviada. No somos conscientes de que estamos viendo el mundo a través de ellas, de modo que nos resulta difícil entender que ese pensamiento no responde a la realidad, sino a una interpretación de la realidad. Como dice Wittgenstein, no podemos pensar nuestro pensamiento porque eso significaría que podríamos pensar al mismo tiempo desde fuera de él y desde dentro.
  • Protegemos nuestras creencias.  Sobre todo, este punto me pareció revelador. A medida que escribía los pensamientos tenía la tentación de negociar conmigo mismo antes de incluirlo dentro de la lista de creencias limitadoras. Me decía cosas como “esto no debería incluirlo, porque verdaderamente es imposible”. ¡Me descubrí defendiendo la limitación sin haberla sometido aún al test!.

No se trata sólo de que tengamos creencias limitadoras, sino que las preferimos a la incertidumbre. La próxima vez que hables con alguien que diga que no puede hacer algo, trata de convencerle. Verás que en muchas ocasiones termina argumentando a favor de su creencia limitadora y te llevará la contraria. Parece un absurdo, pero ocurre.

Las creencias limitadoras son los anteojos a través de los cuales hemos entendido la vida. Son también el medio que proporciona coherencia a lo que somos, a lo que esperamos de nosotros y del mundo. Estamos más dispuestos a vivir sin conseguir lo que queremos, que a renunciar a esa coherencia. Es muy duro renunciar al modo en que has concebido la vida, “ignorar la valla”, como sugiere Seth Godin, porque tratar de resolver el problema supone arriesgarse a ser responsables del propio fracaso. Es el Síndrome de Estocolmo de las creencias. Incluso cuando la valla es causa de dolor, la protegemos, nos convertimos en sus principales custodios.

Preferimos pensar que lo imposible existe.

 

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